A Jean Lobo, trabajador de una empresa de repuestos automotrices, se le heló la sangre a las tres de la tarde del domingo 15 de marzo pasado en la terminal de Las Banderas, en Caracas.

Se había formado en una extensísima fila de personas por siete horas para comprar un boleto que le llevaría por viaje terrestre hacia su hogar, en Acarigua, a 340 kilómetros de distancia. No pudo ser.

Agentes de la Policía Nacional Bolivariana, por orden del gobierno en disputa de Nicolás Maduro, cerraron el lugar, prohibieron la salida de más unidades de transporte y empezaron a desinfectar a los presentes, a medida que se retiraban, con rocíos de alcohol y cloro para prevenir la COVID-19.

“No soy de Caracas. Estoy quedándome desde entonces en una habitación de la casa de una amiga. Estoy explotado, agobiado, ansioso”, cuenta por teléfono a la Voz de América.

Autoridades policiales y militares bloquearon desde mediados de marzo las conexiones terrestres entre estados de Venezuela, incluso entre municipios de una misma región. También, se cancelaron todos los vuelos internos en el país, como parte de una estrategia para reducir riesgos de contagio.

Así, venezolanos como Jean, de 26 años, son los dejados atrás en plena cuarentena para evitar que el nuevo coronavirus se esparza por las 23 regiones del país. Son venezolanos que quedaron atrapados en posadas ajenas, ya camino a un mes, lejos de sus ciudades, hogares y familias.

“Estoy loca por regresar”

Laura Romero, venezolana, de 48 años, se mudó a Caracas en febrero para probar suerte lejos de su natal Maracaibo, donde sus empleos como masajista y dueña de una estética se estancaron.

Trabajando como cuidadora personal de una señora en la capital venezolana, había planeado viajar a Zulia para reencontrarse con su hermano y sobrinos y, por qué no, sopesar la idea de quedarse.

La cuarentena decretada postergó sus planes, explica, al menos hasta junio.

“Yo estoy loca por regresar. Empecé a buscar pasaje ahora y no hay nada. No hay cómo devolverse ni en avión, ni por carretera tampoco, además que me parece demasiado riesgo”, apunta a la VOA.

Laura Romero, originaria del fronterizo estado Zulia, se mudó recientemente a la capital del país. Aunque tenía planes de visitar su casa, no pudo. [Foto: VOA / Cortesía].

Laura está a buen resguardo junto a su empleadora, acota. Ha respetado al extremo la cuarentena. Tampoco ha tomado sus días libres cada 15 días, como acostumbraba, por la salud de ambas, dice.

Las limitaciones de tránsito no solo separaron a familias de golpe. También, las juntaron.

Maxula Alliey, por ejemplo, tiene desde mediados de marzo dos visitantes adicionales a su esposo y sus tres hijos.

Su comadre, residente de Miranda, en el centro del país, solo pensaba visitarla por unos días. Su suegro, anciano, con Parkinson, migraría a Colombia para vivir con sus otros hijos.

La cuarentena por la COVID-19 cambió en un tris los planes de todos y también afectó las finanzas.

Cada día que pasa, es un estrés para él. La carga económica es importante, porque somos siete personas, pero damos gracias a Dios porque podemos cuidarlos y estar seguros en casa”, afirma.

Sin contigencias

Dennis Useche, de 43 años, ingeniero de datos, viajó con su padre, su esposa y sus dos niños desde Caracas, donde residen, hasta Maracaibo para sorprender a su hermano en su cumpleaños.

Celebraron y se hospedaron en su casa. La noticia de la cuarentena les sorprendió allí y, desde entonces, no ha hallado cómo regresarse.

“Quisimos regresar el 15 de marzo, nos fuimos al terminal y no pudimos encontrar carro. Quedé atrapado en Maracaibo. Estoy tratando de devolverme a Caracas y no he podido”, dice.

La ciudad donde se hospeda de forma temporal experimenta constantes fallas de los servicios públicos, especialmente el de la electricidad. Solo en los últimos cinco días, ha habido tres apagones generales, que han afectado a Maracaibo y a al menos siete poblados zulianos más.

Un transportista le ofreció llevarlos a Caracas a cambio de 250 dólares. Lo desestimó. En la principal dependencia militar de la ciudad, le invitaron a acudir todos los días con maletas y familia para abordar eventualmente algún carro de la institución que vaya hasta la capital.

“Es lo que están haciendo con casos como el mío. Somos muchísimos. La otra opción que me dijeron es ir al Puente sobre el Lago para que me ubiquen colas (aventones)”, menciona.

Dennis opina que es necesario buscar soluciones para quienes, como él, están varados lejos de casa.

“He tratado de tener paciencia y la familia de mi hermano, a todos nosotros, esperando el fin de la cuarentena, pero no veo la luz al final del túnel”, expresa a la VOA.

Consultas lejos de casa

El médico neurólogo Ronald Cadenas Torrealba, de 33 años, está varado en Caracas y sus pacientes se encuentran donde reside, en Mérida, una de las ciudades andinas de Venezuela.

Sus familiares le dieron hospedaje y “lo necesario mientras pasa todo” en la cuarentena lejos de su casa, cuenta.

“Sé que muy pocas personas de las que se quedaron varadas tienen esta oportunidad”, señala.

Ronald tiene a mano un salvoconducto por su condición de médico, pero no quiere arriesgarse a retornar a su tierra durante el auge de la infección respiratoria. Es asmático.

“Soy población de riesgo y no encuentro forma segura de viajar a Mérida. Es un viaje largo, y riesgoso”, advierte.

Mientras espera su oportunidad de regresar sin peligro a Mérida, ha aprovechado la oportunidad, junto a otros colegas, para atender gratuitamente a través de sus redes sociales a nuevos pacientes.

Personas de Caracas, el interior de Venezuela, Chile, Ecuador y Puerto Rico le han consultado desde sus claustros sobre sus malestares físicos por la COVID-19.

“Orientamos como especialistas a la población en general respecto a situaciones que no son emergencia. Mi mayor preocupación son mis pacientes merideños, y por supuesto mi lugar de trabajo está allá. He podido establecer pautas con ellos por vía telefónica”, apunta Ronald.

Dispuesto a caminar

Jean, el joven al que obligaron a salir de la terminal de Caracas cuando estaba a punto de irse a casa, ha hecho no menos de 14 contactos con amigos y conocidos que, probablemente, viajarían hasta Acarigua o a Barquisimeto, en el estado Lara, muy cerca de su residencia. Ninguno le fue útil.

Llamó a dos empresas que ofrecían en Instagram “viajes humanitarios” de Caracas a Lara -los precios de los boletos variaban desde 15 a 50 dólares-. Esa alternativa también se frustró.

Una de las compañías de transporte diligenciaba un salvoconducto. Sus representantes denunciaron en redes sociales que suspendían su plan por no querer pactar con “mafias”, sin mayores detalles.

“Eran opciones fuertes, pero no les dieron permisos de viajar con bidones de gasolina”, sostiene.

Un chófer de la terminal, operando por su cuenta, le ofreció llevarlo a Acarigua por 200 dólares. “Imposible”, dice Jean. Esperará a ver si se suman otros pasajeros para pagar el costo entre todos.

En Venezuela, reina una escasez crónica de gasolina, reservada para “sectores prioritarios”, como la salud y la alimentación. Un litro de combustible cuesta en ventas clandestinas de dos a tres dólares.

Su presión no es solo anímica. Lo económico también pesa, empuja.

La noche de aquel día en que le cerraron las puertas de la terminal terrestre en la cara, Jean hizo una “compra grande” junto a su amiga para apoyar su sustento durante los siguientes días.

Comida y dinero han mermado hasta niveles rojos cuatro semanas luego, a pesar de algunos bonos de su compañía para apoyarle. “Si no trabajo, no como. Ya los insumos se están acabando”, dice.

Jean sopesa la idea de caminar hasta su hogar.

Deben ser como 10 días a pie. Ya lo hice antes, hace como cuatro años: caminé como migrante desde Montería, Colombia, a Maicao”, en el occidente venezolano, revela, envalentonado.

Pero, ¿la policía le dejará pasar? ¿No teme que lo detengan? ¿Y si su vida y pertenencias corren riesgos? Son preguntas que prefiere responder en el camino, andando ya hacia su familia.

“Estoy desesperado. No soy de aquí, de donde estoy. Es burda de (muy) rudo”, admite.

VOA.

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