Celey Caraballo es una caraqueña del 23 de enero que junto a dos mujeres de 5 y 7 meses de embarazo, Francias y Olianyeris, “comparten” un semáforo en Quito.

Francis, nativa de Vargas, dejó a sus cinco hijos a cargo de su mamá, mientras ella, embarazada se fue a probar suerte. Dice que vive sin angustias, mientras su esposo trabaja como albañil y ella pide dinero en la calle. “Se vive mejor aquí pidiendo, que en Venezuela trabajando, pues en esta ciudad se consigue de todo lo que allá escasea”, dijo.

“Cuando llegué a Cúcuta me puse a llorar de ver que allí los abastos y supermercados tienen bastante comida”

Su viaje fue en autobús hasta Cúcuta con su hermana y su esposo y luego a pie, rumbo a Quito, con un grupo de otras cuatro personas. “Allá no podíamos seguir, viendo a los de uno ponerse flacos por el hambre y a los hijos de los vecinos desnutridos. A mí me daba sentimiento, pero uno como hace para darles comida si estábamos pariendo para comer nosotros”, relató según La Verda de Vargas.

Olianyeris Martínez, 23 años, es de los Valles del Tuy, tiene una hija y siete meses de embarazo: “Mi esposo y yo teníamos dos años pensando en venirnos, pero nos daba mucho miedo dar este paso hacia lo desconocido y, finalmente, acosados por la falta de trabajo, que te genera hambre para hoy y hambre para mañana, decidimos aventurar, porque nada podía ser peor a vivir con hambre y sin esperanza”.

Su familia solo comía plátanos y yuca, ayudados esporádicamente con las cajas CLAP. “Cuando llegué a Cúcuta me puse a llorar de ver que allí los abastos y supermercados tienen bastante comida, aceite, atunes, sardinas hasta harina PAN en cantidad, y nosotros veníamos de pasar hambre en Venezuela. Me dio rabia y dolor porque nosotros éramos un país rico y ahora somos tan pobres”, relató.

Del trío de venezolanas, Celey es la única que no está embarazada pero dejó a sus tres hijos a cargo de su suegra en el 23 de enero. Su esposo trabaja como albañil: “Él se jode mucho, pero el patrón le da su almuerzo y le prometió que lo iba a ayudar para que traigamos a nuestros hijos. Además no conviene que los dos estemos pidiendo por estas calles”.

Ellos tenían más de un año pensando en emigrar, pero ninguno había salido nunca de Venezuela. Ahora viven en un hostal, en una habitación que comparten con otras cinco personas. “No tenemos privacidad, y cuando hablamos con el encargado, nos dijo que más bien van a meter unas literas y que nuestra cama matrimonial es muy grande, fíjese usted. Mi esposo me dijo que si ponen literas nos vamos”, relató.

Sin embargo en sus planes no está volver a Venezuela. “Sabes, lo que a mí me da tristeza es que aquí yo puedo estar segura de mi desayuno, almuerzo y cena todos los días. Sin embargo cada vez que yo me voy a comer aquí un pollo, o carne o hígado, quisiera que mis hijos, mi mamá y mi suegra estuvieran aquí comiendo completo también”, dijo.

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