Miles de migrantes venezolanos siguen cruzando la frontera con Colombia día tras día en un intento por huir de la crisis económica, política y social que vive la nación petrolera de forma consecutiva desde hace 3 años. Para muchos, salir del país se transforma en una señal de esperanza y prosperidad, mientras que para otros, simplemente queda la melancolía de todo aquello que dejaron atrás.

En Riohacha, capital de La Guajira, se radican actualmente según cifras de Migración Colombia unos 123.756 venezolanos, y cada día llegan más, así sea para establecerse, o para tomarlo como paso para otras zonas.

Alexa Henríquez, alcaldesa encargada de Riohacha, dijo a El Nacional Web que, de acuerdo con los últimos censos que han realizado en la ciudad, hay 21.203 venezolanos y que, además, tienen conocimiento de 192 rutas ilegales donde siguen entrando personas.

Luis Tovar, de 32 años de edad, llegó hace muy pocos días desde su ciudad natal, Maracaibo, junto a su esposa y uno de sus hijos. Solo tiene entre sus pertenencias una colchoneta doblada y un termo con agua, pero nada de esto le permite reducir sus ánimos por salir adelante.

En su ciudad natal, Tovar trabajaba de obrero, pero como la mayoría de sus compatriotas, tuvo que irse “por la situación del país” y por la salud de su pequeño de 9 años de edad, quien padece de hipoxia cerebral.

“Allá no hay ni siquiera guantes para que te puedan atender. El niño tenía tres consultas al año y cada vez que nosotros íbamos el doctor no iba”, dice con resignación.

Asimismo, sostiene que “lo que ganaba en un mes lo podía gastar en un solo día para comprar comida”, así que la migración se convirtió en su salida.

A pesar de mantener las esperanzas, la pareja se mantiene melancolica al recordar que dejaron en Venezuela a varios de sus hijos.

“Mi esposa llora todos los días, pero si Dios lo permite pronto lo vamos a buscar”, comentó al medio.

Los lugareños no son indiferentes al tema migratorio, pues la llegada de los venezolanos ha sido más que notable, entre algunas camisa de la Vinotinto o un desgastado bolso tricolor.

Zuleima Molina es colombiana y tiene un hijo que vive en Venezuela. Después de hablar por unos minutos su voz se quiebra y entre sus palabras se cuela la tristeza, pues asegura que lo que más le duele es ver cómo “muchos colombianos tratan mal a los venezolanos”.

“A mi casa todos los días va gente y a cualquiera le doy un plato de comida. Siempre hago un poquito de más y mi familia a veces me regaña. Me da mucha rabia con algunos vecinos que tratan mal a los venezolanos. Por mi casa han ido muchachos profesionales de Venezuela con sus esposas vendiendo bolsas de basura, me han dicho: ‘Señora, nosotros somos Ingenieros en Sistemas’, y se ve que no son malas personas, pero aquí algunos los tratan mal”, relata.

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