SAN PEDRO SULA, Honduras (AP) — Haydee Posadas tuvo que esperar ocho años hasta reencontrarse con su hijo. Eran tantos los nervios, que la noche anterior no pudo dormir.

Su hijo salió de Honduras rumbo a Estados Unidos en 2010, en parte por las amenazas de las pandillas, tal y como hace unas semanas hicieron miles de migrantes que se fueron en caravana, algunos de ellos de su mismo barrio. Pero al cruzar México, también como muchos otros, Wilmer Gerardo Núñez, de 35 años, desapareció en medio de la violencia desbocada del crimen organizado, no tan distinta de aquella que buscaba dejar atrás. Su madre, desesperada, no dejaba de rezar en busca de una respuesta.

La historia de Núñez es similar a las de muchas otras víctimas de la migración a su paso por México. Sólo en los últimos cuatro años, casi 4.000 migrantes han desaparecido o muerto en su ruta hacia Estados Unidos.

“Estoy entre la espada y la pared”, se repetía la mujer año tras año. “No sé nada de mi hijo, si está muerto, si está vivo”.

La historia de Núñez es similar a las de muchas otras víctimas de la migración a su paso por México. Sólo en los últimos cuatro años, casi 4.000 migrantes han desaparecido o muerto en su ruta hacia Estados Unidos, según una investigación de The Associated Press. La cifra a la que llegó AP es de 1.573 personas más que la última estimación de Naciones Unidas y, aun así, sigue siendo un recuento conservador porque puede haber cuerpos perdidos en puntos desconocidos del desierto, enterrados en fosas clandestinas a lo largo de la ruta o familias que ni siquiera se han atrevido a denunciar que les falta alguien.

Pero en ocasiones, gracias al trabajo de un sinfín de organizaciones, las respuestas llegan aunque sea a través de un pequeño trozo de papel manuscrito abandonado en una tiendita.

Esos casi 4.000 latinoamericanos forman parte de los 56.800 migrantes desaparecidos o muertos en todo mundo en el mismo periodo.

“No me dijo nada, un día simplemente se fue”. Una semana después de salir de Honduras habló con su madre por última vez y le pidió que rezara por él.

Ciudad Planeta, en las afueras de San Pedro Sula, podría parecer un barrio humilde como cualquier otro, con casas de una planta y techo de lámina. Sólo las rejas que protegen la mayoría de viviendas hacen intuir la realidad: que es una de las colonias más peligrosas de uno de los países más violentos del mundo.

De ahí salió Núñez por primera vez en los años 90, con 16 años, cuando su madre perdió el trabajo en una maquila.

“No me dijo nada, un día simplemente se fue”, recuerda Posadas, una mujer bajita de 73 años y ojos chispeantes sentada en el porche enrejado que construyeron con el primer dinero que les envió desde Estados Unidos “para que no se colaran los ladrones”.

Núñez no era el mayor de sus 10 hijos, pero sí el que velaba por todos. “Estaba lejos pero me acostumbré a tenerlo cerca, casi todos los días me llamaba”.

Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wilmer había sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida. En 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, que ahora tiene 38 años, y tuvieron una niña, Dachell. Cuando Lozano estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio de 2010, Núñez fue deportado por tercera vez.

Preguntó por su hijo ante las autoridades mexicanas para que rastrearan por todas partes. El padre biológico de Núñez se ofreció a ir a dejar una muestra de ADN para que lo compararan con el de los cuerpos todavía no identificados.

Para su madre, las deportaciones eran sinónimo de felicidad porque podía disfrutar de su hijo en casa.

En aquellos años, Ciudad Planeta ya se había convertido en centro de operaciones de las pandillas y en escenario de sanguinarias redadas. Ocho de los hijos de Posada se fueron del país. La anciana sabía lo peligroso de la situación.

Pero la anciana, conocida por todos como “mamá Haydee”, tiene un lema de supervivencia básico en la Planeta, como coloquialmente se llama al barrio: “Si vio, no vio; si oyó, no oyó; y todos callados”.

La última vez que Núñez fue deportado, la situación era tan crítica que apenas salió de la casa. “Lo veía muy pensativo”, rememora Posadas. “Siento temor, me decía”.

Quería regresar cuanto antes para conocer a su niña recién nacida, y después de unos días en San Pedro Sula su salida se precipitó aparentemente por una amenaza. “Me tengo que ir de aquí ya”, le dijo a Lozano, su mujer, por teléfono sin más explicaciones el día antes de dejar la Planeta.

Junto con su sobrino y dos vecinos, Núñez tomó el autobús de medianoche que cada día lleva a decenas de migrantes hasta la frontera de Guatemala. Entre lo poco que tenía en su bolsa estaban unas “baleadas” preparadas por su tía: tortillas con frijoles y huevo, uno de los platos más populares de la peligrosa Ciudad Planeta.

Una semana después de salir de Honduras habló con su madre por última vez y le pidió que rezara por él. Un día más tarde, llamó a Lozano y estuvieron de plática una hora.

Le dijo que estaban en Piedras Negras, Coahuila, al otro lado de Eagle Pass, Texas. “Me advirtió, ‘ya vamos a cruzar no te vayas a dormir’, porque yo tenía que depositar la mitad de dinero [3.000 dólares] y esperar a que su hermana me avisara que había llegado bien para pagar el resto”.

Esa llamada nunca llegó. María Esther Lozano no volvió a contactar con Núñez.

Al principio, Posadas y Lozano no estaban muy preocupadas porque era normal que durante el cruce perdieran el contacto unos días. Pero poco después, el 24 de agosto, una noticia en la televisión le encogió el alma a la anciana: el hallazgo de 72 cadáveres en un rancho de San Fernando, en Tamaulipas. Todos eran migrantes.

“Me puse a llorar como loca. No salían nombres pero yo me revolvía”, recuerda Posadas.

Una lista de víctimas apareció poco después. Los nombres de su nieto y los dos vecinos que viajaban con ellos estaban ahí, pero de Núñez, ni rastro. Las autoridades le dijeron que si no estaba entre los muertos, estaría vivo.

La vida de Haydee Posadas comenzó a cambiar ese día. Preguntó por su hijo en la fiscalía, en la cancillería, ante las autoridades mexicanas para que rastrearan por todas partes. Su anterior pareja, el padre biológico de Núñez, se ofreció a ir a dejar una muestra de ADN para que lo compararan con el de los cuerpos todavía no identificados. Nada. Tampoco le reconocieron en las fotos de los cadáveres.

Posadas y Lozano, madre y esposa, quedaron unidas por un solo objetivo: buscar a Núñez. Lozano iba todos los días al consulado de Honduras; dio nombres, fotos, describió sus tatuajes, incluido uno que ponía Dachell y otro con el número 8. Y todavía nada.

Poco después se supo que el ecuatoriano que sobrevivió a la matanza dijo que había otro sobreviviente que le desató y le ayudó a salir del rancho. Era un hondureño. Lozano preguntó a autoridades de Honduras y México si podía ser su marido. Nada. Le negaron toda información porque se trataba de un testigo protegido.

Solo quedaba ir a buscarlo a México pero… ¿a dónde podía ir una anciana enferma?

Solo quedaba ir a buscarlo a México pero… ¿a dónde podía ir una anciana enferma? Lozano no estaba en mejor situación, con cinco hijos dependiendo de ella, la más pequeña de meses y sin documentos legales para residir en Estados Unidos.

Hermanos de la mexicana fueron a Tamaulipas. Allí contrataron a un abogado que pudiera entrar a las cárceles y entonces apareció otra luz: les dijo que había visto a una persona de las características de Núñez en una de las prisiones.

En la casa de la Planeta, en San Pedro Sula, Posadas se preguntaba: “¿Será que Dios ha escuchado mis plegarias?”.

Pero esa pista también se esfumó. Nunca supieron nada más del abogado y los hermanos de Lozano tuvieron que dejar la búsqueda porque los amenazaron los Zetas.

“Sentía que estaba cayendo en una depresión tremenda”, reconoce. No dormía, se levantaba y pasaba las horas sentada en su pequeña sala llena de adornos, fotografías (entre ellas una de Núñez de adolescente), un televisor y telas con versículos de la biblia.

Los cadáveres de la masacre de San Fernando, debidamente numerados, fueron llevados del rancho donde los mataron, a una base naval, donde permanecieron dos días expuestos a la intemperie, luego a una funeraria local y más tarde a la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, en la frontera con McAllen, Texas.

Un día después de conocerse la matanza, el 25 de agosto de 2010, quedó registrado en el expediente oficial que el cadáver número 63 era un varón con tatuajes, entre otros, uno con la leyenda “Dachell” y otro con el número “8”. En documentos fechados un día después, se constata el hallazgo de una licencia hondureña a nombre de Wilmer Gerardo Núñez Posadas, con la foto de un hombre con bigote bien cuidado y barba de perilla. Nadie hizo pública esta información.

Diez meses después de llegar a la capital mexicana, los cuerpos que todavía estaban sin identificar, incluido el número 63, fueron enterraron en una fosa común.

En septiembre de 2013, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y otras ONG que participan en una iniciativa regional de búsqueda de migrantes desaparecidos, denominada Proyecto Frontera, firmaron un acuerdo con la fiscalía mexicana para crear una comisión forense e identificar más de 200 cuerpos de un total de 314 víctimas de 3 masacres de migrantes, entre ellas, la de San Fernando. Los cuerpos que estaban en la fosa común se exhumaron para nuevas autopsias.

En marzo de 2015, la PGR mandó un escrito a la Corte Suprema de Honduras. Pedía ayuda para localizar a los familiares de dos hombres, uno de ellos era Núñez. Nadie llegó a Ciudad Planeta.

Fue una más de las 183 identificaciones de migrantes logradas por el EAAF gracias al Proyecto Frontera.

Cuando los peritos argentinos se enteraron de la existencia de la licencia de Núñez intentaron buscar a su familia y averiguaron dónde vivía.

“Yo dejé claro que a ese sector yo no podía entrar”, recuerda Allang Rodríguez, un psicólogo del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso, uno de los muchos grupos que trabaja con el EAAF.

Las organizaciones empezaron a remover cielo y tierra, acudieron a la Iglesia Católica y preguntaron a las Scalabrinianas, unas monjas que trabajan con migrantes y deportados. Una de sus colaboradoras, Geraldina Garay, conocía a un taxista que vivía en la Planeta y el hombre se ofreció a dejar un papel con un teléfono para Posadas en una de las “pulperías”, como se le conoce a las tiendas en el barrio, situada en un callejón detrás de la casa de Posadas. Era finales de 2017.

La anciana miró con extrañeza el trozo de papel con un número de teléfono que le había llevado su vecina. Marcó y la voz al otro lado le dijo que quería verla para hablar con ella de su hijo desaparecido. “Hoy sí tengo esperanza”, pensó en ese momento.

Cuando se reunió con los peritos que viajaron hasta San Pedro Sula para hablar con ella, le contaron lo de la credencial y los tatuajes del cuerpo número 63. Antes de acabar 2017, le tomaron muestras de sangre tanto a ella como a Wilmer Turcios Sarmiento, un joven de 18 años, que todos creían era hijo de Núñez fruto de una relación de adolescencia.

En mayo de 2018 les dieron los resultados. Fue una más de las 183 identificaciones de migrantes logradas por el EAAF gracias al Proyecto Frontera.

“Me dolió mi corazón tanto… sobre todo por la muerte que él sufrió, que ni supo quién lo asesinó, con los ojos vendados, las manos amarradas… ahí sí sentí que…” No acaba la frase. Por primera vez los ojos se le llenan de lágrimas, la coraza que la anciana tardó ocho años en construir se rompe.

La prueba de ADN demostró también que Turcios era hijo de Núñez. Fue como encontrar y perder a un padre al mismo tiempo, recuerda Posadas que le comentó su nieto, el vivo retrato de su hijo.

Esa noche, Posadas volvió a dormir. “La verdad, aunque duela, siempre trae tranquilidad”, dice.

Pero en su cabeza retumbaba sin respuesta una sola pregunta, la que más le dolió. “¿Por qué? ¿Por qué tendiendo las pruebas las ocultaron tanto tiempo? ¿Por qué?”

Ocho años y tres meses después de la masacre, no hay ningún condenado por los 72 asesinatos y nueve personas siguen sin identificar. Las autoridades mexicanas no quisieron hacer ningún comentario.

Ocho años y tres meses después del último abrazo, Posadas dice sentir paz por primera vez.

Sabe que queda pendiente que se haga justicia, pero ahora reza para que a su nieto se le quiten las ganas de emigrar.

Comments

Comments are closed.