“A muchos se les ha pasado por la cabeza que una de las opciones para sacar a Venezuela de la crisis es por la vía militar. en los últimos días el embajador colombiano en Estados Unidos, Francisco Santos; el secretario general de la OEA, Luis Almagro; e incluso el propio presidente Trump lo han insinuado”, así empieza una reflexión que hace el sociólogo Jorge Galindo, en el diario El País.

Para Galindo, esta opción se ha considerado a estas alturas puesto que las sanciones o las vías diplomáticas “se han demostrado inefectivas”. 

Las sanciones actuales llevan meses en activo sin tener más consecuencias que el virar de los afectados hacia horizontes ruso-chinos y el cargar de argumentos a Maduro, quien se puede basar en ellas para justificar su retórica nacionalista y de conspiración occidental-capitalista contra el país.

Por otro lado, Galindo expresa que la petición ante la Corte Penal Internacional -“sin duda loable”- no podrá ejecutarse ante la incapacidad para traer al acusado (Nicolás Maduro) ante el propio tribunal.

La división latente de la oposición venezolana es otra de las causas de que un cambio no se haya gestado en el menor tiempo posible, aunque “la estrategia madurista que deja a los críticos ante el dilema de cárcel o exilio, multiplicando así los costes de estar en contra de la oficialidad, lleva años dando sus frutos”, según Galindo.

Lo otro es la evidente polarización en la sociedad venezolana y siendo así tampoco se vislumbra que un líder opositor obtenga el suficiente apoyo para poder desafiar al régimen actual en las urnas.

Mientras ni sanciones, ni denuncias, ni oposición dan resultado, el régimen venezolano le sale cada vez más caro no solo a sus propios ciudadanos, sino al conjunto de la región, empezando por la vecina Colombia: el precio pagado en incertidumbre política y social, el coste humanitario cuyo rostro más visible es el de los ríos de personas que huyen cada día del país, no puede ser tomado a la ligera.

Y por esas mismas razones humanitarias, para este sociólogo es importante poner en “la balanza el potencial daño de una acción militar completa”, cualquier posibilidad de una acción rápida y quirúrgica debería descartarse.

Galindo se cuestiona si Colombia tendría la capacidad de asumir los costes de una intervención y con todo lo que esto supone, de interferir en la soberanía ajena, además del aumento de los desplazados. “Un cálculo frío de costes y beneficios para las naciones andinas debería poner en cuarentena cualquier idea demasiado osada.”

Cualquier cambio inmediato en Venezuela no es ya improbable, sino probablemente contraproducente para los intereses de la mayoría de actores implicados.

Sin embargo, Galindo menciona que lo queda a Colombia a los demás países que han ejercido una presión internacional sobre lo que ocurre en Venezuela es “la paciencia” para que pueda funcionar las transiciones exitosas.

Galindo cita el libro Transiciones desde el autoritarismo, los politólogos Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter en el que se explica que el punto de partida para que éstas se produzcan es la división interna del régimen.

Habría que buscar a aquellos miembros del gobierno “que anticipen, que entiendan, que si son los primeros en moverse, podrán conseguir una mejor posición en el país que vendrá.”

En el caso de Venezuela, hay poca esperanza de que “nadie dentro del régimen considere que las condiciones se dan ahora mismo. Menos aún con una oposición que no está en disposición de heredar el país y montar un proceso de democratización y justicia transicional de hoy para mañana.”

De ahí la necesidad de paciencia de aquellos que observan desde Bogotá, o desde cualquier otra capital andina. Pero, sobre todo, de realismo: si hay cambio en Venezuela, uno estable, sólido y duradero, lo más probable es que comience desde dentro. Donde, además de a los críticos, deberemos apoyar a los pragmáticos.

Comments

Comments are closed.