Charles Aznavour, el último gigante de la canción francesa del siglo XX, falleció en la madrugada del lunes a los 94 años en el sur de Francia, anunciaron a la AFP sus portavoces.

El cantante francés más conocido en el extranjero vendió más de 100 millones de discos a lo largo de ocho décadas de una carrera excepcional a la que no había puesto fin.

De origen armenio, Aznavour acababa de volver de una gira por Japón, tras haberse visto obligado a anular varios conciertos este verano (boreal) debido a una fractura del brazo, provocada por una caída.

Tenía previsto actuar el 26 de octubre en Bruselas.

Apodado el ‘Frank Sinatra de Francia’, logró una fama mundial pese a una voz y un físico atípicos. “La Bohème”, “La Mamma” y “Emmenez-moi” figuran entre sus canciones más destacadas de un repertorio de marcado tono nostálgico.

Compuso además por artistas como Edith Piaf y como actor, participó en unos 80 filmes.

“Si debe perdurar algo de mí o de mi trabajo, mis discos serán ampliamente suficientes”, escribió Aznavour en su libro autobiográfico “De una puerta a la otra”, publicado en 2011.

Bajo el ala de Edith Piaf

Nacido el 22 de mayo de 1924 en París en una familia de inmigrantes armenios que huyeron de las persecuciones turcas, Aznavour residió durante muchos años en Ginebra, donde halló refugio fiscal y llegó a ser embajador de Armenia, país que también representó en la sede europea de la ONU.

Cuenta la leyenda que al nacer la partera no pudo pronunciar el nombre que le querían dar sus padres -Shahnourh-, y lo convirtió de inmediato a un Charles más francés.

“París es la ciudad de mi infancia, Erevan la de mis raíces”, aseguraba Aznavour, que siempre reivindicó con orgullo sus raíces armenias que condimentaron con un toque de melancolía hasta la más alegre de sus canciones.

Su infancia transcurrió inmersa en la bohemia de músicos y actores en París. A los 9 años ensayaba solo frente a un espejo y decidió cambiar el apellido paterno Aznavourian por el patronímico artístico Aznavour.

La fortuna tardó en llegar y le sonrió por primera vez en 1946 cuando llamó la atención de la cantante Edith Piaf, que junto al pianista Pierre Roche lo embarcó al año siguiente en una gira por Estados Unidos.

En los años 1950 escribió canciones para Gilbert Bécaud, pero junto con el éxito llegaron también las primeras críticas. “¿Cuáles eran mis desventajas? Mi voz, mi estatura, mis gestos, mi falta de cultura y de instrucción”, admitió el cantante.

Pero Aznavour persistió en su determinación, más fuerte que aquel “velo de niebla” que cubría el timbre de su voz. Y que finalmente terminó siendo su sello inconfundible y una de las llaves del éxito.

En la pantalla grande

La gloria mundial llegó en los años 1960, con algunos de sus grandes éxitos: “Les comédiens”, “Hier encore”, “Il faut savoir”… En esa época tomó por asalto el Carnegie Hall de Nueva York, antes de una gira mundial que lo catapultó a la fama con canciones como “La Mamma”, que retomaron otros grandes del escenario como Ray Charles, Liza Minnelli o Fred Astaire.

Aznavour apareció también en la pantalla grande, en “Disparen al pianista” de François Truffaut, y luego en “And then there were none” (1974), inspirada en la novela de Agatha Christie “Diez negritos”.

En la década siguiente, se adentró en temas más novedosos y sensibles para la época, como el de la homosexualidad en “Comme ils disent” (1972).

En 1998 encabezó los esfuerzos humanitarios para ayudar a los cientos de miles de víctimas del terremoto que devastó Armenia, y durante años militó a favor del reconocimiento del genocidio armenio por los turcos.

AFP

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