“No hay ‘laburo’ (trabajo), se están haciendo las cosas mal. ¿Cómo llego a fin de mes? ¿Cómo alimento a mi familia?“, cuestiona desesperado Claudio, un marinero que se dedica a la albañilería porque no consigue empleo en altamar.

“Nuestro sector está muy castigado, las empresas se están yendo, la inflación no para y apenas me alcanza para comprar comida. Antes hacía tres viajes por año, ahora apenas uno, con suerte”, lamenta.

Los testimonios se reiteran en el marco de la cuarta huelga general contra el Gobierno de Mauricio Macri en Argentina. Los colectivos, como los argentinos denominan a los ómnibus, no circulan, tampoco trenes y subtes. Las avenidas lucen despobladas, muy lejos del habitual panorama de un día laboral normal. Sólo pasan algunos automóviles particulares.

Los bancos tienen sus puertas cerradas, muchas escuelas públicas no dan clases, las oficinas judiciales están paralizadas, no se expende combustibles y se suspendieron todos los vuelos de la empresa de bandera Aerolíneas Argentinas, mientras las compañías extranjeras redujeron sus frecuencias porque están afectadas por la huelga en los aeropuertos.

Muchos comercios en cambio abrieron. “No me puedo dar el lujo de perder un día de facturación”, señala el dueño de un almacén en la localidad de Vicente López, en las afueras al norte de la capital. Más complicada es la situación de los comercios en el centro de la ciudad, a donde a los empleados se les complicó llegar por sus propios medios.

Decenas de miles de personas marcharon en la víspera a la Plaza de Mayo para repudiar el ajuste económico que impulsa Macri y reclamar medidas urgentes para paliar la emergencia social por el aumento del desempleo, de un 9,6 por ciento, y la pobreza.

“Pedimos tener un empleo digno que nos permita desarrollarnos”, afirma Margarita, maestra desde hace 11 años.

“Macri está desfinanciando a la educación, tenemos una infraestructura pésima con niveles salariales del año pasado. Yo tuve que duplicar las horas de trabajo porque no me alcanza la plata”, detalla a dpa la mujer.

Da clases en la ciudad de Buenos Aires y en la provincia, y en ambas escuelas, las instalaciones son deficitarias, sin calefacción, con goteras, poco mantenimiento.

Dos jóvenes mujeres se sumaron a la protesta. “Están vendiendo el país y no nos podíamos quedar sentadas en nuestras casas”, coinciden Carolina y Valeria, de 26 y 28 años, respectivamente. Si bien aseguran no coincidir ideológicamente con los sindicatos que convocaron a la movilización, su decisión fue salir a expresar su “oposición a Macri”.

“Lo que le sucede a nuestra generación es que muchos amigos se están yendo del país porque acá no tienen oportunidades. Toda la independencia que habíamos logrado años atrás se está cayendo. Tenemos que volver a vivir en la casa de nuestros padres porque no nos alcanza para mantenernos solos y alquilar un departamento. La situación está muy complicada y las condiciones de vida decaen”, advierte Valeria.

dpa

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