Pacaraima es el principal punto de entrada de los venezolanos a Brasil y, a pesar de ser una zona fronteriza, la xenofobia crece en medio del éxodo de venezolanos. “Yo no tengo nada contra los venezolanos, pero estoy cansado de que roben en nuestras casas y nuestras tiendas, de sus peleas de borrachos y de que hagan sus necesidades en la calle”, dice Damião Lima, dueño de un supermercado en la calle prinicipal de Pacaraima.

La ciudad, de 12.000 habitantes, pasó de una localidad apetecible a una especie de refugio. “Nosotros dependemos de los venezolanos, los venezolanos no dependen de nosotros”, dice Damião.

Hace días, la pequeña localidad llegó a los titulares por incidentes violentos que se vivieron: residentes atacaron campamentos de venezolanos y quemaron sus pertenencias. Denuncian que al aumentar eñ éxodo, las calles se llenaron de campamentos improvisados.

“Por fin hemos limpiado la ciudad de los indeseables que no querían trabajar y que estaban todo el día tirados en la calle sin hacer nada. Ahora Pacaraima está bonita y limpia como antes. Y espero que se quede así”, dice el dueño del principal hotel de la ciudad reseñado por El Confidencial. “Yo no soy xenófobo. Tengo a ocho venezolanos que trabajan conmigo. No tengo nada contra este pueblo, pero la situación era insostenible. Los que se quedan en Pacaraima son los holgazanes que quieren vivir del cuento. Quien de verdad quiere trabajar, encuentra rápidamente un curro o se marcha a la capital, a Boa Vista, para buscarse la vida”, agrega.

Muchos rechazan la sombra de xenofobia que se ha establecido sobre la localidad. “No es verdad que seamos xenófobos. Se ha tratado de un caso aislado. Muchas familias aquí ayudan a los venezolanos creando trabajo y dándoles comida. Es injusto juzgarnos. Sin ir más lejos, mi madre ha apoyado a varios refugiados”, dice Fábio Quinco, profesor y dueño de una pequeña tienda. “Los venezolanos gastan mucho en nuestras tiendas y contribuyen a nuestra riqueza. Lo que sucedió es que se inventaron informaciones falsas, como el supuesto asesinato de un comerciante, posteriormente desmentido, que generaron un odio enorme entre la población local”, explicó.

“A mí me ataron en mi casa y se llevaron todo el dinero de la facturación del día”, dijo Maria, empleada en la tienda de Damião.

Según datos reseñados por el medio español, la Policía Civil muestra que inmigrantes venezolanos estaban involucrados en el 65% de las 1.136 denuncias presentadas entre enero y agosto de 2018, sin embargo no se diferencian a las víctimas ni se señalan los tipos de crímenes cometidos.

Sin embargo, otras personas aseguran que los venezolanos son la causa de todos los problemas de Roraima. Tal es el caso de Fernando Abreu, un profesor considerado por la Policía el organizador de la protesta de corte xenófobo. El pasado 25 de agosto Fernando decidió despertar al pueblo con petardos como inicio de una protesta contra los inmigrantes. “Estoy contra la violencia, pero si tu casa es invadida, si tu ciudad está pasando por el caos y por crímenes, ¿te vas a quedar aplaudiendo? ‘¡Bienvenidos! Pueden robar, pueden faltarles al respeto a los brasileños, pueden pegarles y abrirles la cabeza a los brasileños’. De ningún modo vamos a aplaudirlo”, explicó al medio.

Sin embargo, Fernando rechaza las acusaciones de xenofobia: “Los brasileños no son xenófobos. Nosotros recibimos a los extranjeros de brazos abiertos. Eres xenófobo si tienes odio por estas personas y quieres agredirlas. Pero somos nosotros los que estamos siendo agredidos. Hay una xenofobia inversa contra nosotros. Estamos siendo discriminados”.

Pero la historia siempre tiene dos caras. Mientras que los venezolanos son rechazados por Fernando el padre Jesús Boadilla, de 77 años, sirve a diario el desayuno a unos 1.600 venezolanos. “Algunos me odian porque ejerzo el principio católico de ayudar al próximo”, señala.

Mientras tanto, los venezolanos aún viven con temor. “Tenemos miedo, la situación es muy tensa”, reconoce Rosa, madre de dos niños. El camino no ha sido fácil, llegan exhautos, llenos de esperanza por una nueva vida alejada de la crisis venezolana.

El problema también se ha adueñado de los debates de política local y los candidatos al cargo de gobernador de Roraima, en su búsqueda desesperada de votos, han incluido en sus programas la promesa de cerrar la frontera.

“Es absurdo pensar que se puede cerrar la frontera. No hay quien pare a una multitud de personas hambrientas. El hambre es más fuerte que el miedo”, señala el padre Jesús.

Aunque la crisis está lejos de ser resuelta, los políticas se han dedicado a capitalizar la situación, llevando el descontento de la población al debate en medio de una agitada campaña.

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